22 una bola de cristal

¿Cómo vamos a analizar los hechos para tomar las decisiones correctas?

Si tienes el don, nada más fácil que preguntar a una bola de cristal. Entre nubes de diferentes colores aparecerán como en una película las respuestas a todas las dudas que quieras consultar.

Parece sencillo. No hay más que disponer de una lente esférica biconvexa con un radio uniforme de curvatura. Debe tener más de 7 cm de diámetro y estar hecha de un material con un índice de refracción mayor que 1, como cuarzo o cristal, y que tenga su centro focal justo fuera de la superficie, en un punto diametralmente opuesto a la entrada de los rayos de luz.

Practicaremos el arte de la cristalomancia al caer la tarde, en una habitación templada y silenciosa, purificada con mirra e iluminada tenuemente, preferiblemente a la luz de una vela situada a unos 10-15 cm en un lugar opuesto al mago. Con un pañuelo de terciopelo negro muy suave frotaremos la bola hasta dejarla perfectamente limpia, y muy concentrados, canalizaremos nuestra energía con las manos hasta conseguir ver las primeras señales, nunca mirándola fijamente. Sin experiencia, pueden pasar semanas hasta obtener alguna respuesta. Nunca debemos alargar las sesiones más de media hora, y jamás debemos dejar tocar la bola al consultante. Al finalizar, debemos agradecer el mensaje y cubrir delicadamente la bola hasta la nueva función.

Así, con paciencia y dedicación podremos obtener las respuestas necesarias para arreglar el mundo, aunque los que no tenemos el don deberíamos fiarnos de la palabra de esos escasos afortunados. Nunca hay felicidad completa.

Feänor, un habilidoso elfo de Valinor, creó las piedras videntes, los Palantiri, para que J. R. R. Tolkien los usara a su voluntad en El señor de los anillos y El Silmarilion. Peter Thiel, un motivado emprendedor de Silicon Valley, fundó Palantir Technologies, para que analizara todos los hechos y tomara, para él mismo y sus acaudalados clientes, las decisiones correctas.

Pero hay una diferencia muy importante entre el Orbuculum cristalino que utiliza el mago charlatán, y la mayor fábrica privada de espionaje de todos los tiempos que lidera el Sr. Thiel; en la primera sólo pican unos pocos incautos por voluntad propia, y en la segunda participamos todos, aunque no queramos o lo sepamos. Marta Peirano lo explica muy bien aquí en este artículo.

Hoy en día, el bien más preciado del mundo ya no es la cultura ni ninguna otra rama del conocimiento humano. La educación por fortuna es obligatoria y está disponible para más seres humanos que nunca en la historia de la tierra. El conocimiento es ahora mucho más accesible que en cualquier otro momento anterior. Sirva Wikipedia como ejemplo, una de las obras maestras de la humanidad, donde gracias la esfuerzo de muchos, gratuitamente, a un solo clic y en todos los idiomas, encontraremos mucha más información de la que jamás podremos procesar y que podemos complementar, si así lo necesitamos, con internet, bibliotecas y muchas otras fuentes. Poco a poco, el conocimiento ha dejado de estar en poder de una minoría, para pertenecer a todos. Ya no está vigilado por recelosos monjes en perdidos monasterios, custodiado por casi inaccesibles universidades o a buen recaudo en las bibliotecas de los aristócratas. Hoy lo que es realmente más preciado es la respuesta a la pregunta a la que hasta hace poco no podíamos responder más que con conjeturas imprecisas; ¿cómo actúa y piensa realmente un ser humano?

La estadística, las encuestas, los sondeos o los grupos de discusión nos han dado hasta hace poco la respuesta más precisa posible a esta pregunta. Y no desde hace mucho tiempo. A pesar de algunos ejemplos tempranos más bien anecdóticos, estas ciencias no se han incorporado en nuestras sociedades hasta bien entrado el siglo XVIII, y tan sólo en Europa o América del Norte. Pero poco a poco han demostrado ser imprescindibles para comprender la política, los mercados o el comportamiento humano. Ya desde el principio empresas especializadas cobraban por los resultados, y muchas veces estos ni siquiera veían la luz pública. Eran la clave para el éxito de cualquier empresa, y a pesar de sólo su relativa exactitud, generalmente daban las pistas para tomar las decisiones correctas.

Antes, las respuestas vagas, imperfectas, interesadas, poco precisas o negligentes de los seres humanos eran la única fuente de datos. Ahora, todo está cambiando, ya ha cambiado. Ahora ya no es necesario responder, basta con actuar, y «alguien» monitoriza y graba todo lo que hacemos. Recordemos que somos lo que hacemos, no lo que pensemos ni digamos. La cantidad gigantesca de datos que generamos constantemente y su análisis va a responder a todas las preguntas sobre nosotros que seamos capaces de formular. Hemos de preguntarnos y preocuparnos adónde van a ir todas estas respuestas. Hemos de saber más sobre el Big data.

Peter Thiel, en un ensayo publicado en 2009, escribía que no creía que la libertad y la democracia fueran compatibles. Vamos a tener que demostrarle que sí es posible.

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