¿Colocamos la primera piedra?
Un impulso irresistible nos invade cuando decidimos participar en la creación de algo único y revolucionario. Queremos, es más, necesitamos, que sea brillante, excepcional y útil, para que el viaje valga la pena. Pondremos en ello todas nuestras esperanzas, y nada debe salir mal. Vamos a construir un nuevo edificio para nuestra sociedad, y todo esfuerzo es pequeño para triunfar. Nada mejor que celebrar con una pequeña ceremonia protocolaria, la colocación de la primera piedra fundacional, la Ofai Faoa * de nuestro Marae.

Primero deberemos escoger el momento. Nos dejaremos guiar por los buenos augurios y recurriremos a la observación del cielo y a la posición de los astros, nos fijaremos en el vuelo de las aves y estudiaremos las entrañas de animales escogidos. Realizaremos ofrendas y prometeremos sacrificios, rezaremos a los dioses conocidos y a los que no hayan oído hablar de nosotros. También, por qué no, nos encomendaremos a la suerte. No dejaremos nada al azar. Seguramente, como aseguran las estadísticas de algún estudioso, será en un jueves de junio cuando decidamos dar el paso y colocar la primera piedra. Primero, la habremos preparado minuciosamente. Será de un material noble, de dimensiones generosas, estará grabada con la fecha del evento y nuestro nombre, además de contar con un orificio para insertar un cilindro metálico que contendrá monedas de curso legal y un pergamino con una bonita frase que regalará nuestras nobles intenciones a la posteridad. Estudiaremos el lugar, y nos aseguraremos de que el terreno que debemos cavar no sea rival para las palas que usaremos para enterrarla. Comprobaremos también la previsión meteorológica, para evitar sorpresas, o al menos, para tener una carpa o un paraguas a mano, y tomaremos prestada a la más alta autoridad disponible para que nos dirija el habitual inspirador discurso ritual. Nada es demasiado para asegurarnos unos firmes cimientos.
Pero ¿por qué no hacerlo más sencillo? Un día cualquiera, cuanto antes mejor, uno de esos en que te levantas de buen humor, date una buena ducha, vístete con tu ropa preferida, prepárate un buen desayuno y busca un lápiz, mejor uno de esos ya muy usados y que miran con terror al sacapuntas. Anota en un papel que puedas siempre tener a mano y repasar con orgullo la fecha y las palabras Primum Lapidum. Pon el lápiz en el bolsillo y guárdalo bien, por que muy pronto hará compañía a muchos otros. Ese será el día en que todo empezará a cambiar, porque vas a colocar tu primera piedra.

Ahora ya sabemos la importancia de conocer la realidad, nuestros problemas y miserias y también nuestras fortalezas. Conocemos la enorme necesidad de participar directamente en la gestión de nuestra sociedad y redactar unas normas consensuadas entre todos para poder hacerlo fácilmente, nuestro Conductus. Somos también conscientes del valor de la primera participación, la que origina la chispa de la vida, y de la imperiosa necesidad de organizarnos en asambleas donde reunir nuestras quejas y propuestas para poder cambiar la sociedad sin tener que llegar a estar desesperados ni perder el control de nuestros actos.
Lamentablemente, a juzgar por como va el mundo y nuestras sociedades, creo que no va a resultar nada fácil; de momento, no estamos muy preparados. Vamos a tener que ayudar a crear un ambiente favorable a esta transformación. Aquí es donde mostrará su utilidad esa primera piedra que todos debemos colocar.
No vamos a conseguir llenar las asambleas de la noche a la mañana, ni a aprobar iniciativas legislativas populares en los próximos días con más facilidad, ni siquiera vamos a poder facilitar el camino hacia la participación ahora mismo. Lo que si podemos hacer desde ya, desde ese mismo día en que te levantas de buen humor, y todos los días a partir de entonces, es hacer de nuestro comportamiento un ejemplo. Que no pase un día sin haber colocado nuestro grano de arena para facilitar las cosas. La lista de posibilidades es inmensa, y siempre encontraremos algo que hacer; ayudar a cruzar la calle a un anciano, tener un comportamiento muy cívico al volante, respetar a todas las personas, no circular con patinete por las aceras molestando a los demás, desterrar las actitudes machistas, ser honrados con los temas económicos a nuestro alcance, intentar comprender y escuchar a quien piensa diferente que nosotros, no juzgar a los demás, luchar contra alguna injustica o, para englobarlas a todas, seguir el comportamiento vital ético de un buen ciudadano. Si cada día, al cerrar los ojos, podemos decirnos que hemos hecho todo lo que esté en nuestra mano, no habrá sido un día desperdiciado, y poco a poco conseguiremos ese ambiente propicio a la participación. Es una carrera de fondo. Y si ese día nos ha sido imposible, lucharemos para que al siguiente no tengamos la misma sensación. A partir de ahí, nosotros escribiremos el guion y abriremos el camino.
Todas las sociedades tienen un nombre y una ceremonia para la colocación de esa fundamental primera piedra, la ofai faoa de los Maraes polinésicos, y las primum lapidum, groundbreaking, spatenstich, prima pietra, primeira pedra, première pierre, themelios lithos, por nombrarlas solo en los idiomas más conocidos. Y lo tienen porque desde ese primer momento de celebración se marca la diferencia entre la nada y la posibilidad del todo. Empecemos con algo sencillo, que dependa sólo de nosotros, y demostremos a todos que el camino está allí, y que es fácil abrirlo. No hace falta más que despertarse un día de buen humor y soñar con que todo es posible.
Un lápiz gastado en una mano motivada todavía es capaz de proponer muchas soluciones. Guardémoslos todos y juntémoslos. Llenaremos containers y juntos los desbordaremos de ideas.




* emvryo. 8 LA CASA COMÚN

