20 cuadernos de quejas

¿Es posible conseguir cambios beneficiosos reales para la sociedad sin tener que estar realmente desesperados?

Si Luis XVI gobernara ahora, sin duda contrataría a un experto en redes sociales, analizaría el Big data y tendría en nómina a un ejército de encuestadores para conocer, hasta el más mínimo detalle, los deseos, demandas, necesidades y debilidades de todos sus súbditos. En cambio, el 24 de enero de 1789, y ante la próxima convocatoria de los Estados Generales, solo disponía de una antigua herramienta utilizada desde el siglo XIV y que en ese momento estaba prácticamente en desuso. Promulgó un edicto por el que hacía saber que deseaba que todos sus súbditos, en cualquier lugar de su reino, le podían hacer llegar los “Cahiers de doléances”, unos cuadernos de quejas compilados por las diferentes circunscripciones territoriales. Su reactivación será fundamental en los acontecimientos que estaban por llegar y ayudarán a crear una ilusionante corriente de esperanza que acabó transformando al país, para lo bueno y para lo malo. No hay nada más determinante para despertar que escribir tus propios problemas.

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Más de 40.000 cuadernos fueron publicados y enviados en tan sólo cuatro meses, entre el clero, la nobleza y el pueblo, un éxito sin precedentes en un reino nada acostumbrado a la participación popular. La mayoría no eran revolucionarios en el tono, pero si en sus demandas. Los pertenecientes al clero y la nobleza solían agradecer la oportunidad de expresarse y se mostraban confiados en que todos juntos podrán reformar y mejorar el reino, llevando a cabo pequeños ajustes, pero siempre manteniendo sus privilegios. Los del pueblo eran los más radicales e ilustrativos del estado real del país. Con más o menos vehemencia pedían la abolición del feudalismo, reformas estructurales y de impuestos, libertad, derecho de reunión, comercio e igualdad para todos los habitantes. Casi nada. Desde ese momento, va a ser difícil parar al pueblo. Sin quejas no hay paraíso.

Después de la toma de la Bastilla, y en plena acción revolucionaria, el agravamiento del hambre, la mendicidad y la inseguridad, favorecieron la aparición de un miedo irracional por todo el país a los bandidos, a las hordas de vagabundos y a los ejércitos extranjeros que amenazaban Francia. Milicias organizadas de campesinos, con sus señores feudales a la cabeza se aprestaron a defender sus poblaciones. Pero aparte de pequeños ataques a granjas y robos aislados de cosechas, nada de eso era real, era tan solo una gran “fake new”. Siguiendo un mismo patrón, un forastero se presentaba en los pueblos y aldeas para anunciar la llegada de unos saqueadores que nunca llegaban. Al darse cuenta del engaño, las muchedumbres, armadas e indignadas, canalizaron su rabia hacia los privilegiados, siempre los primeros en la lista de sus enemigos. Del Gran Miedo se pasó al pánico y a las revueltas. Señores feudales, recaudadores de impuestos, señoríos del alto clero y hasta granjeros ricos, fueron atacados sin compasión. El principal objetivo eran las mansiones aristocráticas, donde buscaban destruir los “Papiers Terriers”, libro donde los nobles inscribían ante notario las servidumbres, obligaciones, deudas e impuestos a los que estaban sometidos los campesinos. La supresión de los privilegios iniciaba su largo camino. Por primera vez en la historia, el pueblo demostraba que quería ser amo de su propio destino.

Como bien demuestran los acontecimientos anteriores, vemos que sin los tres pilares, recursos, esperanza y seguridad, ya no queda nada que perder, y, estar con la revolución es el único camino posible que no acaba en la sumisión y con la rendición ante los abusos de los poderosos. La historia no deja dudas en cuanto a la dureza de este camino. El sufrimiento, el dolor, la rabia y la desesperación son la vía más directa al cambio y a la revolución, pero, en nuestra querida y “avanzada” civilización, ¿no seremos capaces de encontrar un camino mas amable?

La respuesta a esta pregunta es un rotundo si, pero vamos a tener que arremangarnos la camisa. El único modo para seguir adelante es con la participación de la parte más amplia posible de la sociedad, y para ello, tenemos que facilitar las cosas.

Primero, hay que preparar el terreno. No convenceremos a nadie a nuestra causa si no eliminamos las barreras de entrada. Sin duda vamos a necesitar: voluntad política que permita una posibilidad real y accesible de iniciativas populares, consultas, audiencias, peticiones, sillas vacías para invitados en centros de decisión, espacios preparados para la participación, respeto a la privacidad y anonimato si es necesario, libre acceso a toda la información pública, educación, formación y promoción de la participación, registro de quejas, demandas, necesidades y aspiraciones como punto de partida, establecer niveles de participación, reglas y normas fáciles de cumplir e implementar, mostrar resultados anteriores, registro accesible de participantes, igualdad de genero, transversalidad, uso de tecnologías sociales específicas, creación de software y aplicaciones gratuitas, compaginar el ámbito presencial con el virtual, establecer las áreas de participación, proporcionar herramientas y recursos. Si, son muchas cosas, y faltarán más, pero son imprescindibles.

Segundo, para participar, hay que motivar. Sin incentivos, no atraeremos a una gran parte de la sociedad, y necesitamos ser cuantos más, mejor. Para empezar: un servicio participativo obligatorio para todos los ciudadanos en ocasiones reguladas, una participación por sorteo entre la ciudadanía en determinadas circunstancias, recompensar adecuadamente el voluntariado, participación activa y guiada desde la escuela hasta las universidades de menos a más, participación desde los gremios o sectores de conocimiento o empresariales, compromiso con el territorio, desde el ámbito local al supranacional, compensaciones económicas con pagos, salarios o rebajas fiscales a la participación, agradecimientos públicos a los colaboradores, preferencia en determinadas concesiones públicas del estado, incremento y mejora de la sociabilidad real entre las personas de los grupos de trabajo, etc… Es necesaria mucha imaginación para motivar, en un mundo tan rápido. Tendremos que dar lo mejor de nosotros mismos.

Tercero, necesitaremos controlar y mostrar a la sociedad todos los resultados. Sin una buena supervisión y publicidad de las conclusiones, no convenceremos a nadie. Deberemos: publicar todos resultados sin restricciones, realizar un seguimiento, evaluación y control de los trabajos, antes, durante y después de su finalización, auditorías económicas de cada área de participación, usar nuevas herramientas, como el blockchain, seguir un control por personas sin conflictos de intereses particulares, etc… En definitiva, transparencia y transparencia. Que se vean los buenos resultados, pero también los errores que seguro cometeremos.

El 4 de agosto de 1789, y como consecuencia directa de la insurrección de los campesinos y del Gran Miedo, sucedía lo impensable, muy bien explicado en Wikipedia: «El abogado Guy Jean Baptiste Target presentó una moción en la que afirmaba que las leyes del Antiguo Régimen seguían vigentes mientras no quedaban derogadas por la Asamblea, y que por lo tanto era necesario seguir recaudando los impuestos. Buscando una solución, varios diputados encargaron al Duque de Aiguillon, uno de los mayores terratenientes de Francia, que defendiera ante los diputados una solución que pudiera mantener la alianza lograda en los acontecimientos de junio de 1789 entre el Tercer Estado, la nobleza liberal y el bajo clero. Tomó primero la palabra el vizconde de Noailles, miembro de la rama menor de una familia noble arruinada, para pedir la supresión de los derechos feudales. Le siguió el duque de Aiguillon, quien propuso la igualdad ante el impuesto, la abolición de las servidumbres y la desamortización de los derechos feudales y señoriales». A las dos de la mañana, la moción era aprobada y el mundo antiguo quedaba derogado.

Tan sólo 22 días después, el 26 de agosto de 1789, después de muchas deliberaciones, la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano veía la luz en Versalles. La obra más impresionante de la Revolución Francesa había nacido. ¿No es emocionante todo lo que pudieron conseguir? Imagina lo que seremos capaces de conseguir sin estar desesperados. ¡Escribamos nuevos cuadernos de quejas!

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