19 liberté, égalité, fraternité

¿Qué necesitamos para asistir y participar en una asamblea?

Un grito resonaba por todo París aquel martes 14 de julio de 1789, ¡estoy con la revolución!

Un pueblo desatado inundaba las calles tomando el deseado camino hacia la libertad y la igualdad. Se reconocían por sus enseñas tricolores, rojo y azul de París, y entre los dos, el blanco sitiado del Borbón. Armados con la fuerza de la desesperación, el hambre y la desigualdad, se lanzaban a sangre y fuego hacia la Bastilla, hacía la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano y a la decapitación de un sistema injusto de gobierno. El resto, es historia.

Pero la Revolución Francesa no empezó con fuego, miedo y la toma de la Bastilla. Empezó en una asamblea. El enorme descontento social, la falta total de derechos y libertades y la brutal desigualdad (el 3% poseía la casi totalidad de la tierra) no fueron suficientes para convocarla. Fue la bancarrota del estado, provocada por la incompetencia, la mala gestión y el despilfarro del gobierno de Luis XVI, la que le obligó a convocar, el 5 de mayo de 1789, los Estados Generales. En un discurso de dos horas y media, Jacques Necker, Ministro de Estado de Finanzas, desgrana la desastrosa situación financiera del reino, pero nadie le escucha, porque los casi 1.200 diputados sólo están preocupados en cómo se votará, si por clase social o por cabeza, expresando así el pueblo por primera vez en voz alta el deseo de erradicar el orden social impuesto por la gracia divina.

Apertura de los Estados Generales, 5 de mayo de 1789

Unos días más tarde, hacia el mediodía del 17 de junio de 1789, todos los diputados se levantan, y todavía gritando según su gusto “Viva el Rey” o “Viva el Rey y la nación”, aprobaban por una amplia mayoría, formada no sólo por el pueblo, si no también con la ayuda de algún tránsfuga del clero y de la nobleza, el primer acto revolucionario, desmantelando los estamentos tradicionales y sustituyéndolos por una asamblea única en representación de todo el pueblo, la Asamblea Nacional. Inmediatamente después, ese Rey al que todos habían vitoreado, ordenó cerrar la sala para impedir la entrada a los representantes del pueblo. ¿Te creías que iba a ser tan fácil?

Las sociedades son tradicionalmente muy conservadoras. Arriesgarse a perder lo que con tanto esfuerzo han conseguido tiene que estar justificado por una muy buena razón o mucha necesidad. Hay tres pilares que toda sociedad necesita para sostenerse, y que busca por encima de todas las cosas: recursos, esperanza y seguridad. Con tan sólo uno de ellos nos conformamos. Si tienes recursos, te da igual no tener esperanzas o seguridad, las puedes comprar. Si tienes esperanzas y todavía crees en el sueño americano, te da igual que vivas en la mierda o que te apaleen, porque seguro que lo conseguirás y el futuro será tuyo. Si papá estado te protege y no te quitan lo poco que tienes ni te matan, mañana podría ser un día mejor, porque todavía seguirás vivo. Pero ¿qué pasa si no tienes ninguno de los tres?

La mejor manera de manipular a una sociedad es tener bajo control estos tres pilares. Los estados y las élites buscan disponer de ese potenciómetro que regula a su voluntad el nivel de recursos, esperanzas o seguridad. Y con él lo están haciendo muy bien; nos conceden un mínimo de dinero, aunque provenga de esas deudas que nos aplastan y condicionan, muchos sueños de futuro, que les salen muy baratos, y que, encima pagamos por verlos en Netflix, y, finalmente, muchas leyes que regulan todo lo imaginable hasta confundirnos, de la mano de poderosas fuerzas de seguridad y otros medios de control para hacerlas cumplir. Todo en su justa medida, para no quejarnos. Somos la sociedad de la precisión, la del ni más ni menos. Con el Big data, todos esos brillantes algoritmos y la recién llegada inteligencia artificial, están consiguiendo modelizarnos y predecir todas nuestras respuestas. Saben cuando empezaremos a quejarnos, y entonces paran. Si el gobierno es demasiado autoritario, le dan demasiado rápido al mando y la sociedad se queja antes y más fuerte. Si por el contrario es más democrático, son más precavidos y lo mueven más despacio, y la dejan vivir en una ilusión, aunque se queje suavemente. Somos títeres a merced de unas simples resistencias.

Pero la queja está todavía muy alejada de la acción. Con lo conservadores que somos y con el miedo que tenemos a perder nuestras preciadas posesiones, hemos aprendido a vivir instalados en el lamento. El lloriqueo forma parte de nuestra zona de confort. Para hacer la revolución, para conseguir cambios realmente beneficiosos para la sociedad, hemos tenido que sufrir anteriormente la desaparición de los tres pilares. Cuando no te queda nada y no tienes nada que perder, la única manera de satisfacer los instintos primarios de supervivencia y perpetuación, es colocarnos bajo una enseña, salir a las calles a gritar que estamos con la revolución y buscar algo que decapitar.

El estado y sus élites han comprendido que no nos puede dejar sin pilares, y no cometerán ese error. ¿Cómo podemos hacer la revolución manteniéndolos? Esa es la gran pregunta. Entre todos, encontraremos una buena respuesta.

El 20 de junio de 1789, y a propuesta del pronto muy conocido Dr. Guillotín, la Asamblea se traslada a la sala de juego de pelota de Versalles, un simple frontón, en el que se reúnen de nuevo, y todos juntos realizan el más famoso juramento de la Revolución Francesa: “Juramos nunca separarnos y reunirnos donde las circunstancias lo requieran, hasta que la constitución del reino se establezca y fortalezca con fundamentos sólidos”. Allí mismo, Honoré Gabriel Riquetti, conde de Mirabeau, pronunció la también célebre frase: “Estamos aquí por la voluntad del pueblo y sólo saldremos por la fuerza de las bayonetas”. Así sea.

Juramento de la sala de juego de pelota.

Hoy, aunque siempre mejorable, ya tenemos una Constitución, pero no por ello hemos de dejar de reunirnos y dialogar para avanzar un paso más allá en el fortalecimiento, mejora y consolidación de una sociedad libre e igualitaria. Con fraternidad y solidaridad. Es la voluntad del pueblo y lo haremos a pesar de la fuerza de los poderosos.

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