¿En qué momento es más importante la participación?
En una playa de arena blanca, bañada por aguas color turquesa, y adornada con cocoteros, inmediatamente deseamos un maravilloso baño refrescante. En el océano primordial, un antiguo mar de agua (H2O) con metano (CH4), amoniaco (NH3), hidrógeno (H2), potasio (K) y magnesio (Mg), lo último que querríamos sería darnos un chapuzón. Y más si nos cuentan el resto del cuento: una atmósfera de metano (CH4), acetileno (C2H2), nitrógeno (N2) y cianuro de hidrógeno (HCN), amenizada por terribles tormentas eléctricas y calentada por intensos rayos UV. Además, y este pequeño detalle tiene su importancia, nos asfixiaríamos, por que todavía no hay oxígeno (O2) para respirar. Aun así, con un gran tanque de aire comprimido, y millones de años de atenta observación, asistiríamos al milagro de la vida. La combinación de todos estos elementos químicos, la energía del sol y de las descargas eléctricas, más un chup chup a fuego muy lento, cocinará los primeros aminoácidos y nucleótidos, que convenientemente sazonados, se convertirán en los péptidos cortos y las proteínas que permitirán la formación de los Progenotes, la forma de vida celular último antepasado común de todos los seres vivos (LUCA, Last Universal Common Ancestor).

Entre muchos otros lugares, este milagro sucedió también en lo que ahora es el cinturón de piedra verde de Nuvvuagittuq, Canadá, hace unos 4.280 millones de años, tan sólo 300 millones de años después de la formación de nuestro planeta. La vida tenía prisa por llegar, así que en cuanto las condiciones fueron posibles, no vio la necesidad de esperar más. Los fósiles más antiguos de la tierra han sido encontrados allí.

Esta teoría, postulada por primera vez en 1922 por A. Oparin, se pudo parcialmente comprobar en un elegante experimento en 1953 realizado por S. Miller y H.C. Urey, quienes introdujeron dentro de un conjunto estéril de tubos y recipientes de cristal conectados entre sí por un circuito cerrado, todos los gases supuestamente presentes en la atmósfera primitiva además de agua calentada hasta conseguir vapor y unos electrodos para simular todas aquellas terribles tormentas eléctricas. Con ello, lograron producir aminoácidos, algunos azucares y ácidos nucleicos, aunque nunca ninguna forma de materia viva, pero demostraron la posibilidad de la Abiogénesis en el origen de la vida.

Esta no es la única teoría sobre el origen de la vida. Sólo en una mañana de documentación hemos podido encontrar más de 22 soluciones diferentes. Para empezar con algo conocido, tenemos la explicación bíblica del Génesis, en la que, en el principio Dios creó los cielos y la tierra, y todo lo demás, en tan sólo 6 días, la Panspermia natural o dirigida (un posible origen extraterrestre de la vida), la teoría de la playa de uranio radioactivo, la del mundo HAP o de los hidrocarburos aromáticos, la teoría de Wächstershäuser sobre hierro y sulfuro, según la cual, sin necesidad de energía externa, se podían obtener los aminoácidos y proteínas necesarias (como sucede en algunas fumarolas submarinas), la hipótesis del ARN de Eigen o la de Generación Espontánea (la que explicaría los gusanos en la carne putrefacta), entre otras más. A partir de ese momento, y para casi todas estas teorías, unos pocos millones más de años de evolución y ya nos tienen aquí, colaborando para arreglar el mundo.
Sin embargo, ese primer paso, el que transforma los átomos en moléculas, y estas en células auto replicantes, es sin duda el momento más brillante. El milagro de obtener vida a partir de ciertos elementos químicos en bruto, de esa sopa primigenia, es lo que marca realmente la diferencia. Todo lo que viene después, son simplemente mejoras, nada más.
Por eso, el momento más importante de la participación, allí donde se produce el auténtico milagro, es el instante en el que tomamos por primera vez el camino del diálogo, cuando las personas nos unimos y formamos asociaciones por el bien común. Adecuadamente cocinados según las recetas de nuestro Conductus, romperemos las barreras de la incomunicación y sentaremos entre todos las bases para colaborar juntos y crear el mundo que nos merecemos.
Pasar de ser seres individuales, preocupados por nuestras importantes, pero pequeñas necesidades, a ser personas comprometidas con la sociedad representa hoy en día, para nosotros como conjunto social, un laborioso milagro. Los cada vez más numerosos y complejos problemas de nuestras sociedades impulsan a sus integrantes a protegerse de ellos individualmente, en la falsa creencia de que no se puede hacer nada más. Poco a poco, entre todos, debemos romper esta tendencia. Tenemos que dar sentido a la vida que tan costosamente ha irrumpido de la nada, y nos ha dado la oportunidad de convertirnos en lo que somos. Conseguirlo, nos proporcionará la satisfacción vital que toda persona ansía obtener. Todos podemos colaborar, y todos tenemos algo que ofrecer. Y cada aportación será valiosa, imprescindible. No existiría nuestra playa de arena blanca bañada por aguas turquesas sin todos los granos de arena que la forman.
El Ikigai (生き甲斐), es una forma de entender la vida de algunos de los habitantes de la isla de Okinawa, en Japón, significa algo así como la razón de vivir o la razón de ser. Encontrarla requiere de una búsqueda en uno mismo, profunda y a menudo prolongada. Su descubrimiento trae satisfacción y el sentido de la vida. Es una razón para levantarse cada mañana y sentir que la vida es valiosa, responsabilizándonos de nuestro rol tanto en familia como en sociedad. Para saber cual es nuestro Ikigai, basta con hacernos cuatro preguntas: ¿Cómo te sientes en tu elemento, a solas o en grupo?, ¿Con qué actividades se te pasa el tiempo volando?, ¿Qué te resulta fácil hacer? Y ¿Qué te gustaba hacer cuando eras niño? Quizás podríamos atrevernos a añadir una más, ¿Qué crees sinceramente y basado en tu experiencia, que se puede mejorar? Con estas sencillas preguntas encontrarás aquello en lo que puedes ser útil y aportar algo al mundo, lo que te apasiona, lo que te produce placer al realizarlo y lo que te proporciona más autoestima y seguridad en ti mismo, ingredientes, además, básicos para la felicidad.

Decía Nabokov que las personas somos las orugas de los ángeles. ¿Qué esperamos a iniciar nuestra metamorfosis? El momento ya está aquí, ahora. Solo necesitamos una organización y fuerza para continuar. Necesitamos seda y aguja para las crisálidas.