¿Si ahora quisieras colaborar para arreglar nuestro mundo, sabrías adónde ir?
Crisofobia es una rara y poco recomendable enfermedad que produce un miedo irracional al oro. En su estado más avanzado, la aurantrofobia, puede llegar a producir desmayos con tan solo tocar una pieza de oro. Quizás Richard Nixon, en 1971, a causa de un ataque agudo de esta fobia tan poco lucrativa, ordenó acabar para siempre con el patrón oro que tan diligentemente había servido como referencia a las economías más desahogadas del planeta. La historia no ha confirmado ni desmentido este supuesto, ni tampoco ninguno de sus colaboradores, pero quien sabe si en un futuro próximo la Casa Blanca desclasificará los inútiles y carísimos tratamientos médicos del primer presidente norteamericano puesto de patitas en la calle.
Desde hace más de 6000 años, los humanos de toda condición, raza o procedencia nos hemos sentido atraídos e hipnotizados por el oro. Brillante, maleable, denso, casi inalterable químicamente y sobre todo muy escaso, este mineral de símbolo Au, número atómico 79 y origen estelar, ha causado más fiebres a lo largo de la historia que la mayoría de los virus. Se estima que actualmente hemos extraído unas 170.000 Tm, y quedan más o menos, unas 60.000 más por localizar. Eso quiere decir que todo el oro de la tierra cabe en un “pequeño” cubo de 21 metros de lado, o que a cada ser humano de la tierra nos corresponden 24 gr. El 50% del total se destina a joyería, el 40% como inversión y el 10% restante lo usamos en multitud de aplicaciones industriales y científicas, como naves espaciales, satélites, motores a reacción, teléfonos móviles, flautas traveseras y hasta hace muy poco, en empastes, por citar solo algunos ejemplos.

Pero sin duda, uno de sus usos más imaginativos, ha sido el de guardaespaldas del papel moneda. El Patrón Oro es un sistema monetario que fija el valor de la unidad monetaria en términos de una determinada cantidad de oro. El emisor de la divisa garantizaba que podía dar al poseedor de sus billetes la cantidad de oro consignada en ellos. A través de su relación con el oro se intercambiaban las divisas de forma estable, lo que favorecía el comercio internacional. El 22 de julio de 1944, en los acuerdos de Bretton Woods, y todavía sin derrotar a los nazis, los futuros vencedores ya se repartían el nuevo orden económico internacional y decidían que 35 dólares americanos eran igual que una onza de oro. Los Estados Unidos se aseguraban de este modo su superioridad para los años venideros. Un billete de 100$, que a ellos solo les costaba unos centavos su fabricación, significaba para los demás países, tener que poner sobre la mesa bienes reales por valor de 100$ para cambiarlos por un billete verde de Benjamín Franklin. Ese era el precio que debieron pagar por asegurar la estabilidad a las transacciones comerciales y de conceder, a los seres humanos bien informados, una fácil y reconocible referencia monetaria.

Hoy en día, los seres humanos hemos perdido nuestras referencias. El mundo en el que vivimos es a cada hora que pasa más complejo, y conocer las reglas de juego o donde se gestan es virtualmente imposible. La naturaleza intrínseca de nuestras sociedades, la superpoblación y la acumulación de todo tipo de regulaciones, organizaciones y normas, hacen imposible escaparnos de esta gigantesca complejidad. La necesitamos para gestionar este circo con millones de pistas llenas de equilibristas que es nuestro mundo. El organigrama de esta complejidad es imposible de dibujar. Cada país, cada sector, cada grupo de la sociedad, han ido escogiendo y dibujando a lo largo del tiempo, en función de sus circunstancias particulares o intereses, su propio diseño, que no tiene nada que ver con ningún otro. La primera consecuencia de todo esto, es que ningún ser humano, por más superdotado que sea, puede conocer o comprender más que una pequeña parte, sin dedicar todo su tiempo vital a su estudio. La segunda consecuencia, y más importante si cabe, es que participar en ello, e intentar mejorar nuestro mundo, se ha convertido casi en una heroicidad, por que no sabemos a dónde ir. Las actuales élites que habitan en la cúspide de las pirámides, los del 0,7%, se cuidan muy mucho de que esto no cambie y permanezca el máximo tiempo posible inalterable.
Es por ello que necesitamos un patrón, común a todas las disciplinas, sectores, grupos, organizaciones y regulaciones, que clarifique el panorama general y permita bucear dentro de esta complejidad sin perder la vida en el empeño. Desde emvryo proponemos el Patrón Humano.
Se trata de conseguir que cualquier ámbito de nuestra sociedad estén basados en un esquema común, con el que poder conocer y comprender fácilmente su organización y funcionamiento. Sería como una plantilla que nos haría familiar cualquier diseño, a pesar de que las denominaciones o subdivisiones sean diferentes.
El ser humano está compuesto en primera instancia por elementos químicos, los átomos, que siguiendo estrictas leyes físicas se agrupan en moléculas. Estas a su vez, en un alarde de ingenio se combinan en células, y consiguen que la chispa de la vida aparezca por primera vez en esta historia. Las células de tipos similares se convierten en tejidos, que también sienten la llamada de la asociación y crean los órganos. Los órganos con una función parecida forman los sistemas, y todos ellos dan lugar, maravillosamente, a un individuo. Unos flamantes seres humanos, que se unen en poblaciones y más tarde en comunidades. Con el resto del mundo físico crean un ecosistema y todos juntos forman la Biosfera, nuestro querido mundo. Este esquema es universalmente conocido y enseñado en todas las escuelas del planeta. Usémoslo como plantilla. Somos nosotros, no lo olvidaremos. Y si lo hacemos, no tenemos más que volver la mirada hacia nosotros mismos. Tenemos la contraseña marcada en el ombligo.
Átomos, moléculas, células, tejidos, órganos, sistemas, individuos, poblaciones, comunidades, ecosistema y biosfera. Así de sencillo. Sirvan como ejemplos para una primera aproximación, una organización territorial: Casa, barrio, municipio, comarcas, provincias, comunidades autónomas, estados, regiones, continentes, naciones unidas, la tierra. O una organización administrativa: Personas, asociaciones, gremios, comisiones, órganos consultivos, direcciones generales, secretarías de estado, ministerios, consejo de ministros, estado.
Y cada sub apartado puede ser formulado con un esquema parecido, simulando estructuras como nosotros, adaptándolos a sus necesidades.
El Patrón Oro, la referencia que hacía comprender fácilmente el valor de las cosas acabo finalmente fracasando por su interesada utilización, y a partir de 1971, cuando Nixon lo eliminó, otro tipo de referencia, el dinero fíat fue utilizado para sustituirlo y abrió paso a la especulación, a la volatilidad, al lucro y a la multimillonaria deuda que hoy nos condena e hipoteca el futuro de las nuevas generaciones. Es el dinero por decreto, cuya cualidad proviene de la propia declaración por parte de un estado de la fortaleza y calidad de su moneda, un verdadero y peligroso acto de fe. Sin una conspicua referencia, sin un faro que nos ilumine en la noche, nos perderemos en el océano de la complejidad.
Decía Frank A. Clark que todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de pequeñas cosas. El Patrón Humano es algo pequeño en sí mismo, pero puede lograr algo muy grande, que adaptemos nuestros organigramas a un mismo esquema y sepamos, por fin, adonde ir para ayudar a arreglar y comprender nuestro mundo.