¿Quién fue primero, la gallina o el huevo?
“Y fue la tarde y la mañana del día quinto, cuando Dios creó toda ave alada según su especie” (Génesis 1:20-23), pero se olvidó de contestar a la pregunta o de explicar qué pasaba con los huevos. En el siglo IV a.C., Aristóteles si que les dedicó unas mañanas, y tomó unos huevos de gallina en diferentes estados de formación, para decidir que “una primera conclusión de estas observaciones es que las estructuras del cuerpo aparecen de a poco, sucesivamente. Al principio son simples y rudimentarias y se complejizan con el tiempo”. Parece ser que se decantaba más por el huevo. Según los Budistas, estamos montados en una rueda del tiempo y todo es cíclico, nada ha sido creado y todo siempre ha existido, con lo que parecen renunciar a la búsqueda de la respuesta a nuestra pregunta. La ciencia, sin embargo, es aparentemente mucho más precisa e incisiva. Nos demuestra que el ADN sólo puede ser modificado antes del nacimiento (si no se expone a una radiación ionizante como la radioactiva, claro), lo que parece indicar, que dos protogallinas se encontraron y aparearon, y que del fruto resultante de su unión surgió una mutación mediante la cual, el embrión de dentro cambió y se convirtió en la primera gallina. El huevo parece otra vez salir victorioso. Pero la ciencia nos da una de cal y otra de arena. Una proteína, la Ovocledidina-17, que se encuentra en los ovarios de la gallina, cumple una función básica en la formación de la cáscara de huevo, por lo que sin gallina, no hay huevo. Quizás la física cuántica sea la que tiene razón, los dos, la gallina y el huevo, pueden coexistir a la vez, así que los dos son simultáneamente los primeros. Emoticono de perplejidad.


De este modo nos enfrentaremos a un círculo vicioso infinito e inacabable, hasta que al final nos demos cuenta de la inutilidad de preguntarnos quién fue primero. La única ilusión prometedora de todo esto es que emvryo puede al final resultar en una mutación que se convertirá, con suerte y con nuestra ayuda, en un nuevo mundo mejor. Seguro que las gallinas también lo prefieren…
Pero entonces, ¿quién fue primero, la política o la economía? Como ya hemos visto que es inútil preguntárnoslo, vamos a cambiar la pregunta. ¿Cómo podemos acercarnos a ese nuevo mundo mejor, con política o economía? La respuesta fácil y lógica sería con ambas, pero tristemente no va a poder ser así. La economía, en forma de riqueza, está concentrada en unos muy pocos que hacen todo lo posible para alejarla de nosotros y seguir siendo todavía más privilegiados. Nos han convertido en su mayor fuente de riqueza. Para un mundo más justo esos recursos nos son imprescindibles, pero los mantienen sistemáticamente fuera de nuestro alcance. Con todo su poder, procuran manipularnos y engañarnos para mantenernos ocupados con la supervivencia diaria y mientras tanto normalizan comportamientos y leyes que les perpetúan en la cúspide de la pirámide. Ellos las redactan, y nosotros, como sociedad, las aceptamos, votamos y aprobamos, ¿no es triste y lamentable? Su objetivo final es secuestrar los tres poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, para ya no tener ningún obstáculo en su particular camino hacia la desigualdad insuperable. No todas las leyes son negativas, muchas están bien redactadas y se ajustan perfectamente a su cometido, pero hay infinidad de ejemplos de leyes injustas, que no hacen más que ahondar en esta dinámica destructiva para ese resto que somos la mayoría. El punto de no retorno no está tan lejos como puede parecer. La enorme desigualdad que existe ahora no es nada frente a la que puede crearse una vez que su riqueza les permita educación completamente inaccesible para el resto, tratamientos clínicos, genéticos y de longevidad que les alarguen y mejoren la vida, zonas residenciales aisladas y protegidas donde no se tengan que relacionar con el 99,3% indeseable, implantes biomédicos artificiales que mejoren algunas de sus cualidades humanas o acceso a tecnologías que ni siquiera podamos imaginar que existan. Cuando los desiguales sean casi otra especie, ya sí que será demasiado tarde.
Si esos recursos son inaccesibles a través de la economía, tendremos que centrarnos en la política, para poder acceder a ellos y recuperarlos. Pero dado que actualmente no es más que una representación teatral creada especialmente para nosotros con unos actores tan buenos que se creen su papel, los partidos políticos, tendremos que acercarnos por otro camino, por una puerta trasera e intentar pasar desapercibidos. Necesitamos leyes de contrabando, que penetren las fronteras de nuestra legislación sin pagar las tasas y los impuestos que las élites imponen para su beneficio. Estas leyes tan necesarias deben emanar del pueblo, de todos nosotros, fruto del diálogo que vamos a aprender a sostener en nuestro camino de paz y su conductus, entre personas de todas las edades, ideologías, ocupaciones, razas, etnias y procedencia. Brotarán de nuestra experiencia, necesidades, expectativas, con un espíritu social, solidario, igualitario, distribuido, ecológico y manteniendo nuestros compromisos ineludibles con las generaciones futuras. Todo esto nos permitirá llevar una vida acorde con nuestros méritos y capacidad de trabajo, para conseguir todo aquello que seamos capaces, partiendo de una igualdad real de oportunidades y recursos. Podremos llegar hasta donde nos lo propongamos, a pesar de las dificultades que seguro encontraremos, pero siempre con nuestra participación imprescindible e inexcusable.
Cada ámbito de la vida, por pequeño que parezca, merecerá y deberá ser dialogado, allá donde sea necesario, para obtener poco a poco la fotografía real de lo que auténticamente necesitamos como sociedad. Encontraremos esos pasos fronterizos entre montañas, escondidos en los bosques, bajo túneles, en iniciativas legislativas populares directas o indirectas, presión pacífica, ratificación popular, referéndums o cualquier otra forma de democracia directa. Pero, sobre todo, no nos faltarán personas honestas y talentosas que nos guiarán y ayudarán a pasar nuestras leyes de contrabando más allá de las barreras de cualquier frontera injusta y estamparlas en bonitas letras de imprenta en las páginas de nuestra nueva legislación. Los artículos de contrabando o estraperlo siempre han tenido la romántica aura de lo prohibido, han sido más deseados, de mejor calidad y más económicos, y si además sirven para un bien común social, cómo no vamos a producir nuestras leyes de contrabando…
Huevos, gallinas, políticos, economistas…, nada de esto importa. Solo importamos nosotros. ¿Quién heredará el futuro, la élite desigual, o nosotros? Esa es la auténtica pregunta, a la que sólo puede haber una respuesta clara: todos.