10 la paz del camino

¿Encontraremos unas normas que siempre queramos seguir? ¿Cuáles deben ser?

Para recuperar la fe en la humanidad, nada mejor que documentarse para escribir un texto. Nunca faltarán hechos relevantes, textos inspiradores o curiosas y asombrosas historias para adornar una introducción o apoyar un argumento. Realmente, y a pesar de todo, somos sorprendentes.

Si queremos conseguir que nuestro camino sea muy transitado, nos harán falta unas normas adecuadas para organizar y facilitar su uso. Al imaginar cuales deben ser estas señales que guíen a los caminantes es fácil preguntarse cómo lo hemos hecho hasta ahora en nuestros caminos físicos. Parece ser que los romanos fueron los primeros. Con los más de 150.000 km de vías romanas construidas por todo su imperio, algunas normas y señales debían ser más que necesarias. Desde el primer hito en Roma, el Millareum Aureum, fueron colocando otros por todas sus hoy históricas vías, para informar de direcciones, distancias, nombre de la vía y a veces hasta su patrocinador. También fueron los precursores del Stop, en forma de una intimidante estatua del Dios Hermes dando el alto, que debía dejar boquiabierto al viajero. Vendían también, al inicio del viaje, un vaso de metal con información útil grabada en ellos, los vasos apollinares, algo así como una mini guía de viaje, que al finalizar el periplo, los viajeros arrojaban como ofrenda al pozo del Templo de Apollo. Y para mercaderes o caminantes reincidentes, también “editaban” detallados mapas de toda la ruta, como la Tábula Peuntigeriana, que ha llegado a nuestros días gracias a una copia medieval. Como podemos ver, no somos demasiado originales.

Con sólo una pequeña parte de la lista de los reyes Godos cayó Roma, y nos inundó de medievo, tan largo, oscuro e intrigante. De esta época esperamos salvajadas: torturas, derecho de pernada, abusivos diezmos e indefensiones generalizadas. Pero nunca ha sido sólo así. Incluso en sus periodos más negros, la humanidad ha seguido añadiendo palabras a nuestra particular Wikipedia, aunque sean pocas. De la lejana Edad Media nos llega la Paz del Camino, que tan bien nos va a venir ahora para redactar nuestras normas de conducta para caminantes esperanzados.

Para el derecho medieval español, los caminos eran sagrados y estaban protegidos por una paz especial jurídicamente reconocida. El Conductus era el conjunto de normas que obligaban y amparaban mutuamente a mercaderes, litigantes que se dirigían a la Corte del Rey, caminantes, a los llamados a la Corte, a una asamblea judicial o política, a peregrinos y a extranjeros. No sólo las personas estaban protegidas, también, y esto es de la máxima relevancia, el lugar mismo. El camino tenía una paz local. Tal importancia recibía, que frente a la inseguridad real del camino, el derecho respondía con una protección más alta, con una superior valoración de los bienes confiados a sus normas, considerando la conducta del agresor con mayor rigor, e imponiéndole penas mucho más severas. El camino era un bien público. No fue del Rey (o del poder establecido) de quién emanaba esta regulación, sino que procedía del derecho popular, de los fueros y el derecho territorial. La seguridad de los caminos aparecía como una misión primaria del poder público. Incluso, en los momentos de debilidad del poder dominante, era necesaria la formación de acuerdos entre particulares con una definida utilidad pública; que el tejido social pudiera seguir funcionando. Un aspecto importante de la Paz del camino, es que protegía al enemigo, siempre que éste transitara dentro del derecho, en caso contrario el camino no le amparaba. Existían además otros aspectos jurídicos importantes alrededor de los caminos, como las tasas, las obligaciones para su mantenimiento, las asignaciones de tierras a cambio de trabajos de construcción y entretenimiento, las cosas perdidas en ellos, los negocios jurídicos peculiares del camino o las obligaciones mutuas de los viandantes. El camino era, sin duda, fuente obligada de entendimiento.

Nuestro camino aspira a ser un lugar de encuentro y participación para todos los integrantes de nuestra sociedad, sin importar sus diferencias. Un lugar donde poner en común talentos y habilidades, para todos juntos obtener resultados que nos beneficien como comunidad, un lugar de entendimiento. Sin ceremonias, pero en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. Dada la diversidad a la que aspiramos, las normas se adivinan indispensables. Es necesario un Conductus especial, casi mágico.

Esta es una propuesta. El camino debe disfrutar de una Paz Especial, con una categoría similar al rango de Ley, para todas las personas (o Inteligencia Artificial incluida, si fuera necesaria) que lo transiten y para todo lo que en él se trate. El objeto de las negociaciones será únicamente de la utilidad pública, y los participantes deberán siempre caminar acompañados por la buena fe y un ánimo constructivo. En estas condiciones, lo que pasa en el camino, se queda en el camino. La protección de todas estas normas, dada la gran dificultad de la empresa, debe ser especialmente cuidadosa, y aquellos que las rompan no estarán bajo su amparo.

Con estas primeras normas básicas ya podemos empezar a avanzar por el principio. Surgirán seguro dificultades, y tendremos que implementar un reglamento que desarrolle aspectos más prácticos de nuestra Paz del Camino, pero no se me ocurre una tarea más atractiva e inspiradora que esta.

Sueño con un sendero con normas y señales consensuadas por todos nosotros, elegantes y que casi no requieran explicación, como las señales de tráfico, que aunque no estén perfectamente unificadas en todo el mundo, no dejan lugar a dudas de su significado ni de su utilidad.

Deja un comentario