¿Cómo podemos abrir camino?
Lo escribió Machado y lo cantó Serrat, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, todos estamos de acuerdo en ello (y también felices de poder escuchar su canción). Todos esos caminos tiene algo en común, empiezan por un principio.

Si queremos empezar a andar juntos por el mismo camino para llegar a nuestro objetivo, tenemos que saber encontrarnos. Además de dotarlo de un atractivo nombre, para recordarlo fácilmente, sentirnos representados y que se vea bien en las señales de dirección, tenemos que saber dónde empieza, sentir que vamos bien encaminados y que no nos hemos equivocado.

Para empezar a escribir, por ejemplo, necesitamos antes de nada aprender las letras, empezando por la primera. Pero, ¿en qué alfabeto? ¿Cuál es la correcta? Hay muchas para escoger:
a latina, あ japonesa, α griega, 01100001 en binario, · — morse, ﺍ árabe, א hebreo, por signos para sordos o
en braille…
Lo normal es que nos sintamos cómodos con alguna de ellas, la que hemos usado toda la vida, y no entendemos que alguien pueda preferir usar otra. En mi caso la a latina es la elegida. Al resto solo les veo pegas: la japonesa no sabría ni dibujarla bien, a la griega por suerte estamos un poco más acostumbrados por las matemáticas y no nos parece tan extraña, pero no estoy acostumbrado, en binario me perdería contando ceros y unos, el morse ya casi no se utiliza es muy difícil practicarlo, la árabe y la hebrea se leen de derecha a izquierda, un auténtico lío y en cuanto a los signos para sordos o braille, siempre me he preguntado cómo son capaces de entenderse. Por suerte, todas juntas engrandecen la comunicación humana.
Pero si con el primer símbolo ya nos hemos topado con dificultades, imaginemos lo que puede pasar con todas las demás letras y sus infinitas combinaciones; el caos. Y esto solo es para encontrar y reconocer el principio del camino, no para seguirlo, con todas las dificultades que ello traerá. Tenemos que ser muy pacientes y tolerantes, y aprender que todas esas diferencias que nos parecen tan variadas y excluyentes, representan solo eso, diferentes maneras de ver o entender lo mismo, y que juntas componen la imagen completa que necesitamos.
Queremos recorrer este camino, por lo que tendremos que establecer unas normas, cuanto más sencillas, mejor. Hasta ahora nos hemos fijado en la educación, en la ética y en el sentido común. Parece lo más lógico. Pero no es lo primero que debe preocuparnos. El principio básico, la primera norma, es que el camino es para todos, incluso sin ninguno de estos tres puntales. A nadie se le puede negar usarlo. Tiene servidumbre de paso universal. A partir de allí, hay que compartirlo en paz, pero con el derecho irrenunciable de utilizarlo. Empezar juntos sentará la base común a partir de la cual podamos tomar todas bifurcaciones que sean necesarias, pero con un ADN común, para que a pesar de todas las nuevas diferencias que puedan surgir o que preexistan, tengamos un punto seguro de entendimiento, un lugar al que regresar cuando no tengamos adonde ir.
Durante prácticamente toda nuestra historia, a la humanidad nos han dividido en bandos, para hacernos marchar por diferentes caminos. Los pretextos nos los han vendido sin dificultad con muchos nombres, siempre grandilocuentes, y han servido para justificar todas las guerras e injusticias de este mundo. Tan solo cinco palabras dan coartada a toda esa manipulación: raza, religión, género, riqueza y procedencia. Y todo con un único objetivo, conseguir y mantener el poder. Cuanto más divididos estamos, más fácil es controlarnos. Nos volvemos más débiles y empezamos a tomar partido, a creer que solo hay una verdad y a convencernos de que nuestros “maravillosos” lideres nos protegerán de nuestros “malísimos” enemigos. Ha pasado, está pasando y pasará otra vez, a no ser que cambiemos algo y no lo permitamos. Para que vayamos todos por este camino, no nos pueden dividir.
Formar parte de un grupo es un rasgo muy humano. Satisface nuestra necesidad de protección y de socialización. Por fortuna, no todos son excluyentes, pero siempre existirán los que agitarán alguna de esas coartadas en forma de bandera para separarnos y darnos un objetivo común que llene de aparente significado y falso sentido a nuestra vida. No nos dejemos engañar, para ellos no somos más que números prescindibles de un inacabable e inmortal ejército, donde siempre habrá alguien para sustituirnos si caemos. Por eso hay que cambiar los comportamientos. Hemos de alejarnos de todo aquello que nos divida como sociedad, y que nos impida avanzar unidos hacia donde decidamos entre todos. No significa pensar todos igual, las diferencias siempre tienen que existir. Tan sólo entender que entre todos, pensando y colaborando juntos, aparecerán las mejores soluciones. Parece muy utópico, no se puede negar, pero también lo eran La Declaración Universal de los Derechos Humanos o el Sufragio Universal. Como dice el Mago Pop, nada es imposible.
Identifiquemos a los interesados en dividirnos, a esos que nos separan en bandos para su beneficio. Desenmascaremos a aquellos de quien hemos de protegernos, los poderosos que en cada momento detentan o desean el poder, actualmente los del exclusivo 0,7%. Están en las sombras, pero siempre presentes, a veces en un discreto segundo plano, otras, las menos, en primera línea, y se hacen acompañar de muchos peones. La lista es larga, y sus integrantes, resolutivos. Empecemos por los más visibles: los supremacistas, los homofóbicos, los populistas y las religiones o sectas excluyentes son los más fáciles de identificar, porque no esconden sus intenciones y son muy extremistas. Aunque no son los únicos, ni los más peligrosos. Los hay más comunes, que conviven entre nosotros, pero no por ello son menos inquietantes: las actitudes machistas, el racismo, las discriminaciones por clase social, poder económico, procedencia o inmigración, por creencias religiosas o luchas por reclamaciones territoriales También los hay muy discretos, y en los que no todos sus miembros tienen ese objetivo, por lo que a veces es muy difícil verlos venir: los hinchas deportivos que desprecian a los equipos contrarios, los habitantes de una ciudad o territorio en permanente disputa con otro, las bandas juveniles, los nacionalismos o unionismos, hasta por el negacionismo del calentamiento global y las diferentes posiciones ecológicas, o simplemente vegetarianos contra los que adoran un buen entrecot… no nos faltarán ejemplos.
Dejo los dos más extendidos y alarmantes para el final. El primero de ellos son las redes sociales y las tecnológicas. A pesar de su innegable utilidad en muchos aspectos para nuestras sociedades, sus algoritmos identifican sin descanso nuestros gustos, desde noticias, opinión, música, aficiones o compras, y se dedican a bombardearnos con nuestras afinidades, hasta que no vemos más allá, y nos acabamos conformando y acostumbrando a un único mundo, que han diseñado en exclusiva para nosotros, y en el que estamos confortablemente instalados. Para nosotros, los otros mundos, son tan lejanos y desconocidos como los alienígenas. El último, el más peligroso de todos a la hora de dividir a una sociedad y dejarnos paralizados e indefensos: las ideologías y los partidos políticos. Si bien por no querer generalizar diré que no es así en todos los casos, pero la mayoría son vasallos de los poderosos y su instrumento más eficaz. Son especialmente temibles porque lo hacen a cara descubierta, controlando los medios, jugando el papel de su gran dedicación a la sociedad, atribuyéndose la verdad solo para ellos, incitando al odio o al rechazo hacia los demás partidos o tendencias políticas, mintiendo o falseando toda la información en su propio beneficio, sin ética ni moral alguna, radicalizando y polarizando a las sociedades sin vergüenza para satisfacer su propio afán de poder. Siempre mirando a corto plazo, buscando tan sólo sus intereses partidistas, olvidando reiteradamente el interés general de la sociedad, a la que incluso han logrado convencer para que los subvencione y voten como única opción posible de futuro. Si pagaran por uso indebido de tiempo público no tendríamos que pagar impuestos; dedican más tiempo a la lucha mediática contra sus adversarios que a mejorar la sociedad. No hace falta más que observar el lamentable espectáculo que nos dedican en la mayoría de países con sus actuaciones para superar la pandemia del Covid-19.
Si hemos de alejarnos y protegernos de todas estas innumerables fuentes de división tenemos un problema grave y difícil de solucionar, porque la mayoría están muy arraigadas en las sociedades y algunas son estructuralmente necesarias para su organización. Vamos a tener que buscar una nueva fórmula muy imaginativa de agruparnos, de modo que no nos dividamos ante tantas tentaciones y finalmente salgamos beneficiados y ganadores. Ese va a ser nuestro inmediato objetivo. Y no va a ser fácil.